Circo
El circo es un momento para dejarse sorprender por las habilidades y talentos de aquellos con los dones y el entrenamiento para estar en la pista y no en las gradas.
Sin embargo, junto con la sorpresa de muchos aparece el no menos complaciente morbo hacia el raro que anda sobre una cuerda, el subnormal que soporta y hasta disfruta el dolor, o el incomprendido payaso dispuesto a perder el decoro por un aplauso.
El morbo del que hablo se alimenta del animal derrotado que depone su enorme existencia ante el látigo y silbato del domador.
Ese morbo es la cosquilla a cada falla del malabarista y a cada brinco mal dado en el trapecio. El morbo es la razón de ser del payaso, quien gustoso se planta bajo el reflector y recibe los embates del escarnio público.
No obstante, en este asunto, sería un error omitir el trillado adagio sobre la última risa. Aquella que, según la tradición, tiene más eco.
Y es que al sonido de la risotada a costa del ridículo payaso, le sigue el de las monedas y billetes por las que el artista empeñó la compostura.
Por eso, amable y anónimo espectador, goce de su efímero triunfo y no escatime en burlas hacia el infortunio del payaso. Sólo recuerde que tras su partida, el bufón retira el maquillaje con su plata y entonces, la última risa no es la de usted ni la de los suyos.